Entradas populares

Mostrando entradas con la etiqueta ANDRÉS AMORÓS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ANDRÉS AMORÓS. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de mayo de 2010

!!!!!!!!!!ANDALUCISMO CAÑÍ¡¡¡¡¡


En un diario nacional, he leído un ataque a la Fiesta, calificándola de «andalucismo cañí». ¡Tristes tópicos! No soy andaluz pero, como a tantos españoles, me encantan muchas cosas de Andalucía; no, desde luego, su torpe y barata caricatura. Claro que el articulista nos propone, a continuación, con terminología hindú, sustituir el «himsa» (orden basado en la violencia) por el «ahimsa» (el respeto a cualquier ser vivo). ¡Ahí queda eso!...
Con estos enemigos, poco puede temer la Fiesta. Peores son los de dentro...
He buscado esta tarde, en Las Ventas, algo de «andalucismo cañí» y no lo he encontrado: ni en los toros, que pastan en Portugal; ni en los diestros, un riojano y dos madrileños; ni en el clima, más propio del San Petesburgo de Dostoiewski que de las dulces márgenes del Guadalquivir...
Los toros de Parladé han salido con más o menos nobleza y suavidad pero se han apagado enseguida, se han parado por completo, no han creado ninguna emoción. El público se ha aburrido, se ha enfriado...
Al toricantano Mas lo reciben con cariño. En la muleta, el toro se para. Para iniciar cada serie, ha de gritar cinco veces: «¡He!» Una desesperación. Así, no cabe emoción ni estética ni nada.
Llama al sexto de lejos, con la derecha, y se desplaza aceptablemente: una ilusión fugaz. Enseguida, se apaga, no humilla, se queda en nada. Y la faena también, claro.
Ha tomado la alternativa sin mucha fuerza. Hoy, los toros no le han permitido el triunfo que necesita para funcionar en esto.
El primero de Urdiales es cambiante: empieza flojo y hay que levantarle el capote desde el comienzo. Luego, pega arreones. Por la derecha, dibuja algunos muletazos tranquilos. Por la izquierda, el toro se defiende. Y, enseguida, se distrae, se desentiende de todo.
Su segundo sale con gas pero enseguida se queda corto, flaquea, se para. Logra algunos naturales limpios pero sin ligazón. Y el público se aburre. Con el toro encogido, tiene dificultades para entrar a matar. El toro se llama «Asquito»: ¡vaya nombre premonitorio!
No ha devuelto Urdiales su crédito en Las Ventas pero tampoco lo ha aumentado. Para que brillen su valor y su oficio, necesita más toro.
Tejela muestra su voluntad al entrar en varios quites. En su primero, que al comienzo va, su postura es exagerada, torea arrebatado. (El arrebato es bueno para el himno del Sevilla pero no para el toreo; lo contrario, tampoco, claro). Otro toro al que hay que gritarle para que embista. En el arrimón final, con el toro parado, el público se aburre.
El quinto, algo parecido: humilla pero renquea, se va, embiste sin codicia. La misma historia de toda la tarde y el mismo silencio, al final.
¿Cuántas veces he repetido que un toro se para, se apaga, no repite? Pocas para lo que esta tarde hemos sufrido.
Vuelvo al comienzo: nada de andalucismo ni de cañí, en su sentido originario, gitano. Luego, la palabra ha pasado a significar típico, folclórico, popular. Ahí está el quid, me temo. Me pregunto si el articulista desprecia -una actitud propia de nuestros «progres»- nuestra cultura popular: el género chico, los romances, la poesía de Lorca y Alberti...
A mí me encantan los buenos pasodobles, como ese «España cañí», de Pascual Mezquita, cuyo título le suena. Por cierto, lo estrenó nada menos que La Argentinita y no en un tugurio sino en el Metropolitan Opera de Nueva York...
Les guste o no a algunos, la Tauromaquia ha sido siempre nuestra Fiesta más popular. Y así sigue siendo, aún en tardes tan aburridas, tan poco «cañí» como éstas.

lunes, 10 de mayo de 2010

!!!POR LOS SUELOS....¡¡¡¡¡


Perdón por la repetición. Queda claro que no estoy inventando ni exagerando. ¿Qué está sucediendo con muchas ganaderías bravas? Bastantes toros salen ya como si los hubieran picado: el diestro puede hacer la estatua desde el primer lance, sin necesidad de dominarlo o lidiarlo. Por supuesto, la suerte de varas, básica en la Tauromaquia clásica, se reduce a un trámite: muchas tardes, es perfectamente innecesaria; otras, es un simulacro, que la mayoría del público suele aplaudir: corre el peligro de desaparecer.
Con frecuencia, los toros salen con fuerza aparente pero se apagan enseguida: como la gaseosa que ha perdido el gas. Es algo desesperante, deprimente. No es exagerado ni apocalíptico el resumen: así, la Fiesta está por los suelos. Y no por culpa precisamente de los antitaurinos.
Esta tarde, así han resultado los toros: lo mismo los anunciados, de Bañuelos, que los remiendos, de Osborne.
El único que sale bien parado, dentro de lo que cabe, es Javier Cortés, que confirma la alternativa. En el primero, que brinda a su madre, lo conduce bien por la derecha, ligando, con la mano baja. Por la izquierda, el toro va a regañadientes pero también consigue una buena serie, de cerca. Su cruz habitual es la espada pero ha estado más que correcto y sin los nervios propios de la ocasión.
En el último, corre bien la mano derecha y, cuando el toro se raja, en tablas, recurre a un arrimón inútil pero que muestra su disposición. Y, a la hora de la verdad, se vuelca, sufriendo un aparatoso revolcón. En tarde tan difícil, ha estado muy digno.
¿Por qué no ha llegado a primera figura Uceda Leal? Desde su presentación en esta Plaza se le vio que reunía condiciones para ello: buen gusto, técnica, arte sobrio. Y, además, es un magnífico matador: probablemente, el mejor de los últimos años. ¿Por qué no ha llegado más arriba? Por la irregularidad de su trayectoria y eso se debe —supongo— a su personalidad.
Hoy, dibuja finas verónicas en el primero. Muestra su muy buen concepto clásico en el segundo, hasta que se apaga, y consigue una gran estocada, cruzando con toda limpieza.
El cuarto es tan parado que da la impresión, a veces, de torear sin toro. Le gritan: «¡Abusón!» Y está menos fino con el estoque.
Al tercero, de trote cansino, Capea lo muletea hacia fuera, con brusquedad, y lo mata de un feo sablazo caído, con derrame. El quinto es el que se derrumba.
Hace un año, le preguntaron al empresario por qué venía Capea a San Isidro. Contestó, con desenvoltura, que es su ahijado...Luego, el torero hizo el esfuerzo y logró cortar una oreja.
Se enfrenta, claro, con el recuerdo de su padre. Otros hijos de maestros han logrado superarlo. Me parece que sus maneras son más propias del campo que de Las Ventas: tiene oficio, se maneja, pero no posee estética. «Sin ninguna acritud», me pregunto si no le hacen un flaco favor trayéndolo a San Isidro. Aquí, no es fácil que triunfe. Su público puede estar en otro circuito. Así lo han entendido otros diestros.
Hay que reflexionar: buscando la nobleza y la suavidad se ha llegado a esto.
Recuerdo dos versos de Miguel Hernández: «Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España».