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lunes, 12 de julio de 2010

Sexta de San Fermín y Puerta Grande para Joselito


Salían los toros de Dolores Aguirre con la divisa negra en señal de luto por la muerte de Federico Lipperhide, ganadero consorte, por así llamarlo, marido de Dolores, un señor de pies a cabeza, un caballero sin tacha pero con huella.

En su honor quizá salió 'Comadroso', un toro estrecho, vareadito, un punto menos de lo exigido en Pamplona compensado con un punto más de calidad. David Mora se explayó con el capote a la verónica, en un galleo por chicuelinas, en un quite con el capote a la espalda y en otro por chicuelinas como réplica a Joselillo en su turno.

Mora, todo lo que puede ganar en los lances lo pierde con la muleta con un codilleo excesivo, feo, que hay codilleos sabrosos, rácano en exceso con la mano derecha. Torea mejor con la mano izquierda, lleva más la embestida, la conduce más lejos. Y la embestida de 'Comadroso' era para conducirla hasta el infinito y algo más. Gran toro explotado sólo a medias, lo que fue una oreja, o sea.

Había menaseado mucho el primero de la tarde en los caballos, apretando en banderillas hacia los adentros. Abanto de salida también. Pero se fijó en la muleta, sin molestar ni humillar por el derecho, a su aire.

Iván Fandiño compuso para sorpresa sobre la diestra de primeras y luego siguió en un mismo tono monocorde toda la faena. Bien plantado siempre. Falló con la espada y acortó con el incierto y nada claro cuarto, como encogido y a la espera.

El tercero, alto y largo, volteó a Juan Martín Soto con los palos. Le degajó la taleguilla como con un bisturí. Y si en el suelo no pasó nada más fue de milagro puro. Joselillo se puso con la derecha siempre muy por fuera. La embestida no descolgaba pero pasaba y a la vez se revolvía enseguida. No hubo caso ni causa, y menos por el peor lado izquierdo. Lo mató de pinchazo y bajonazo.

Un tío era el quinto. Manseó en los tercios preliminares. Y repitió con celo ciertamente pegajoso en la muleta. Pero es que además Mora no corre la mano. Problema de técnica y toreo de salón. No rompió el toro de cualquier manera, aunque completó el mejor lote. Al natural se quedaba que era su tendencia natural, valga la redundancia.

Todos los cincos llevaba el sexto, cinqueño de 555 kilos. Nada que ver la corrida con la premiada el año pasado por la Casa de Misericordia. Le buscó la vuelta al caballo para salirse suelto, que fue la tónica. En el segundo encuentro, un lanzazo lo partió por la medular. El sobrero traía unas hechuras muy escurridas y y vareadas. Joselillo lo saludó con dos largas cambiadas de rodillas y redondos también de hinojos en la apertura de faena. Fácil y rajadito el toro.

El torero de Valladolid atacó a la pamplonesa, que también vale. Las peñas de sol se volcaron con los desplantes finales de rodillas. Incluso con el bajonazo final. No importó para que le dieran las orejas. De coña. De pueblo.

Plaza de toros de Pamplona. Sábado, 10 de julio de 2010. Sexta de Feria. Lleno. Toros de Dolores Aguirre, incluido el muy escurrido sobrero (6 bis), rajadito y fácil; desigualones; el estrecho 2, muy bueno, el mejor con diferencia; mansearon mucho en conjunto, sin romper; complicado el 4.

Iván Fandiño, nazareno y oro. Pinchazo, otro hondo y dos descabellos. Aviso (silencio). En el cuarto, media estocada pasada (silencio).

David Mora, tabaco y oro. Estocada caída (oreja). En el quinto, pinchazo y estocada a toro arrancado (silencio).

Joselillo<, blanco y oro. Pinchazo y bajonazo (siencio). En el sexto, bajonazo (dos orejas).

Tocaba la de Miura y el destino había querido que un cúmulo de circunstancias se arremolinasen a su alrededor. La final del Mundial pendía sobre la cabeza de todos como un reloj de arena y las peñas se habían enfadado con el Ayuntamiento por cuestiones pecuniarias y decidieron no asistir. La plaza se convirtió en un raro oasis de paz con el sol vacío. Si hay un precio para que se adquiera la tranquilidad y el respeto en la Monumental Pamplonesa, yo aporto desde ya una cuota mensual para que no vuelvan. Ni faltan que hacen. Desde el otro día en que colgaron una pancarta con la leyenda de "ni un torero sin cornada", a mí como si se las pica un pollo o un picoleto.

A Juan José Padilla el primer toro de los hijos de don Eduardo Miura le dio la del pulpo, y no precisamente Paul. Agalgado, largo, miureño al fin al cabo, más de los años 40, se acordó de sus ancestros por el izquierdo y lo cogió de pleno, encunándolo durante largo trecho. Y cuando lo soltó en el suelo aquello vino a ser como si de repente le saliesen una docena de brazos de las mazorcas: ¡qué mano de derrotes! En uno de los últimos lo izó como si lo hubiese calado. Tiempo eterno. De la misma, las cuadrillas lo trasladaron a la enfermería.

En medio de la incertidumbre, Padilla regresó a la lucha. Cojitranco, sin chaquetilla, la taleguilla desgarrada. Uno siempre ha percibido la tauromaquia del Ciclón de Jerez como una batalla campal. Aunque recuerdo una crónica de un verano en Madrid, hace un siglo, en que le canté su capote, antes de que le diese por las excentricidades. Padilla volvió a ponerse, con un par, por manoletinas y agarró un bajonazo, que ni se percibió por la emotividad del gesto. La oreja le recompensó el esfuerzo, que no acabaría ahí: Padilla, que ni siquiera paseó el trofeo, regresaría por segunda vez de manos de los galenos.

Pantalón vaquero, una faja de mozo, el chaleco, la cojera. Todo el mérito del mundo habrá que reconocerle, que muy mal debía estar la taleguilla para arreglarla y salir medio decoroso. Para las heroicidades no se exige etiqueta. Y el jerezano banderilleó y quiso todavía con un cárdeno que por delante era todo un galán. Incluso volvió a banderillear en una situación agónica. La faena transcurrió en un estado de angustia similar. Hasta que lo despenó de otro bajonazo.

Rafaelillo le tiró al segundo tres largas cambiadas como si tal cosa y le inició faena de hinojos también. Buscó siempre el pitón contrario para hacerle romper hacia adelante y le aguantó parones y miradas. Desgraciadamente se demoró con la espada, lo que evitó con el orientado quinto con una espadazo infame. Se pasó mucho tiempo delante ante un toro que cada vez más desarrollaba. Y lo pagó luego con el descabello. A punto estuvo de escuchar los tres avisos entre pechugazos al pecho. Un mal trago.

Las corrida de Miura sacó más guasa de la que aparentaba. Poquita gracia de torismo, que ni blanco ni tinto, ni bravo ni manso, moruchón con instinto. Javier Valverde anduvo más que digno con la reservona espera de un toro a la caza. Precioso cárdeno predador. Las pasó putas con la espada. El sexto imponía con su cara exageradamente abierta y sus 655 kilos. ¡Pamplona! De ella se despidió como pudo la pieza.

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